
Juan sólo tenía seis
años de edad y quería tener un reloj de pulsera. Cuando se lo regalaron por fin
en Navidad, estaba muy impaciente por enseñárselo a su mejor amigo, José, de su
misma edad. La madre de Juan le dio permiso, y cuando su hijo salía de la casa
le hizo esta advertencia:
-Juan, ahora llevás
tu reloj nuevo, y sabés leer la hora. De aquí a casa de José llegás andando en
dos minutos; así que no tenés excusa para llegar tarde a casa. Volvé antes de
las seis para cenar.
-Sí, mamá -dijo Juan,
mientras salía corriendo por la puerta.
Dieron las seis, y
ni rastro de Juan. A las seis y cuarto no había aparecido todavía, y su madre
se irritó. A las seis y media seguía sin aparecer, y se enfadó. A las siete
menos quince, el enfado se convirtió en miedo. Cuando se disponía salir a
buscar a su hijo, ya desesperada, se abrió despacio la puerta de la calle. Juan
entró en silencio.
-¡Ay, Juan! -le riñó
su madre-. ¡Qué desconsiderado sos! ¿No sabés que yo me iba a preocupar? ¿Dónde
te metiste?
-He estado ayudando
a José... -empezó a decir Juan.
-¿Ayudando a José?,
¿a qué? -le gritó su madre.
El pequeño empezó a
explicarse otra vez:
-A José le regalaron
una bicicleta nueva para Navidad, pero se cayó en la acera y se le rompió y...
-¡Ay Juan! -le
interrumpió su madre-, ¿qué sabe de arreglar bicicletas un niño de seis años? ¡Por
Dios!
Esta vez fue Juan
quien interrumpió a su madre:
-No, mamá. No quise
ayudarle a arreglarla. Me senté a su lado y le ayudé a llorar...
Con la anterior
historia como introducción, expongo la siguiente premisa para discusión y
análisis:
“La mejor manera de
lograr ser personas integrales, plenamente satisfechas en su andar e
interacción con los demás y el entorno, es descubrirse a uno mismo, para luego ayudar
a los demás a hacer lo propio.”
De tal forma, que mi
heredad, al menos por la cual trabajo arduamente todos los días, viene en
función de lograr que más y más personas logren ser felices en sus vidas,
escuchando su voz interna; y estoy convencido que para esto requieren, tanto
ellas como yo mismo, trabajar en implementar cada uno de los ocho hábitos,
propuestos por el Dr. Stephen Covey, en nuestras vidas:
- Ser
proactivos en cualquier situación y circunstancia que se presente.
- Visualizarse
a futuro, definiendo grandes metas divididas en pequeñas metas.
- Planificar
por etapas y con los recursos actuales los pasos para alcanzar estas
pequeñas metas, y a la larga las grandes, atendiendo por prioridades.
- Disponer
de positivismo y motivación en cada cosa que hagamos, con el objetivo de
que ganemos todos siempre.
- Escuchar
a los demás, para ponernos en sus zapatos, y que luego nos permitan
escucharnos.
- Compartir
los conocimientos y las experiencias para hacer sinergias, que nos den un
valor agregado en nuestras vidas y en las de los otros.
- Detenerse
a diagnosticar las oportunidades de mejora propias, creando un crecimiento
constante, fundamentado inclusive en nuestros propios errores.
- Y
lo más importante, enseñar a los demás para que impacten a otros,
identificando e implementando estos ocho hábitos; con la idea puesta en
nuestra mente y nuestro corazón de que cada quien logre encontrar el
objetivo de su existencia.
La razón última por
la que establecemos relaciones interpersonales debería ser para ayudar a los
demás. El deseo de brindar servicio más allá de uno mismo, nos da la autoridad
moral necesaria para ser un gran líder. El problema no se fundamenta en: “¿Qué
hay para mí?”; sino más bien: “¿Qué hay en mí que pueda brindarle a los demás?”
Entonces, luego de detenernos en nuestras vidas ajetreadas para buscar nuestra
propia voz interior, debemos también tener el enorme interés, y por qué no, el
gusto por ayudar a los demás a encontrar la suya. Cada persona tiene un valor
intrínseco; cada quien siempre tendrá algo que aportar como valor importante para
los demás. Escoger ayudar a los demás se vuelve así en el hábito más importante
de todos; pero más aún, debemos convertirlo en un hábito diario. Es a lo que
llamo: Vocación de Servicio.
El nuevo orden de
las cosas en la economía global, lo constituye una competencia de clase mundial,
con información al instante, adecuada para la toma de decisiones oportunas y
acertadas; por lo que es prioritario invertir en la gente, usar su talento,
pasión y conocimiento. Actualmente, el 80% de los buenos servicios son el
resultado del valor agregado proveniente del trabajo realizado con
conocimiento. Hace unos 20 años atrás, esta proporción era únicamente entre un 20
y un 30%. Por lo que nos hemos venido trasladando de una Era Industrial a una
Era del Conocimiento. Quien mejor utilice el talento, el conocimiento, las
necesidades y por supuesto, la pasión por servir a otros, tendrá importantes
ventajas sobre los demás.
El talento se
traduce en las cosas para las que eres bueno. La pasión radica en lo que te
encanta hacer. La conciencia es lo que la vida te pide que hagas. La necesidad
reside en aquello con lo que contribuyes para satisfacer requerimientos
humanos. Una necesidad significa el problema que estás resolviendo en
determinado momento, la razón por la que te contratan en un trabajo, te dan un
proyecto, o bien asumes ese proyecto, de vida o profesional. Entonces, todo se
reduce a que las personas coordinen las cuatro partes: cuerpo, mente, corazón y
espíritu; si se descuida uno de ellos se afectan todos los demás. Pero además,
como un paso adicional hacia la grandeza del espíritu, surge: “el ayudar a los demás”.
Ahora bien, ¿cómo
puedo ayudar a otros?, ¿cómo puedo ayudar a mejorar al mundo y a que las cosas
cambien? Muchos buscarán respuestas quizás con alguna donación o compra de
víveres para una institución de caridad, algunos necesitados o algo por el
estilo. Aunque a veces nuestra percepción de ayudar es igual a entregar dinero
a alguien, esa para nada es ni la única, ni la mejor forma de hacerlo. Cada
persona, puede y debe ayudar a los demás dentro de su zona o área de influencia;
es decir, a las personas con las cuales se relaciona directamente día con día. Es
mejor enseñarle a pescar a alguien que darle un pescado cada vez que podamos.
Es por ahí en donde
debe empezar el lograr que los demás encuentren su voz interna, su vocación de
vida, y de nuevo, la razón de su existencia. Se debe empezar a generar el
cambio hacia un mundo mejor desde el mismo lugar de trabajo, desde el mismo
interior de nuestra familia, amistades, etc. Las personas que trabajan con nosotros,
que viven con nosotros, están esperando ser reconocidas, motivadas y
comprendidas. El secreto de la felicidad no se mide por cuánto se tiene, sino
por cuánto se da. Mi madre dice que millonario no es aquel que tiene mucho,
sino aquel que necesita poco.
Entonces, ¿cómo
puedo, identificando mi voz interna y enseñando a otros a encontrar la suya,
conseguir beneficios mutuos y constantes? Pues bien, al identificar mis
capacidades, mis debilidades y la voz interna que motiva mi existencia, seré un
ser humano más completo, y en constante cambio hacia la mejora, para asumir los
retos que la vida me propone. De igual forma, al enseñar a quienes me rodean
cómo encontrar sus capacidades, debilidades y su voz interna que los motive,
dará una fortaleza en la solución de problemas, la proactividad de las
acciones, el seguimiento de las tareas, la búsqueda de la calidad, la
innovación de las ideas de vanguardia, etc. Y con ello, como lo mencionábamos
anteriormente, quien presenta esa pasión por servir a los demás, ya de por sí,
agigantará dentro del grupo de interrelación su liderazgo. A esto otro se le
llama Inteligencia Social.
El Octavo Hábito del
Dr. Stephen R. Covey supone escuchar nuestra propia “voz interna” y enseñar a
los demás a identificar la suya propia. Se trata, entonces, de enseñarle a los
demás el arte de sacarle provecho a lo que es propio de cada individuo; de modo
que cada persona se vuelva indispensable en su entorno debido a la virtud de
sus capacidades irrepetibles. El viejo paradigma de la Era Industrial, en el
cual la gente no era más que un insumo, similar a ciertas materias primas como
el acero o la energía, contribuía a que las personas fuesen tratadas como
cosas, y no como individuos integrales dotados de corazón, mente, cuerpo y espíritu;
eran como objetos que debían ser controlados y de los cuales se debía
desconfiar. Pero, en la Era de la Información y el Conocimiento, se debe
perseguir la aplicación de una “nueva dimensión” a los Siete Hábitos de la Gente
Altamente Exitosa, también del Dr. Covey, que mejora el desempeño de cada uno
de ellos. En esto consiste el Octavo Hábito, la “voz” que brinda el valor
intrínseco de cada persona en el ámbito laboral y personal.
El descubrimiento de
esa “voz” supone cumplir con nuestro potencial interior; logrando hallar ese
trabajo que verdaderamente aproveche nuestro talento y acreciente nuestra
pasión. Es nuestra elección, y gracias a Dios, siempre podremos tener esa
capacidad de elección, entrando en contacto con los cuatro elementos que forman
a una persona: mente, cuerpo, corazón y espíritu. Propiciar el descubrimiento
de esa “voz” para los demás viene estrechamente relacionado al liderazgo;
promoviendo que ellos entiendan su propio valor y potencial, y que sean capaces
de vivir en concordancia consigo mismos. La visión laboral de la Era Industrial
fracasó porque no cultivó la confianza; colocó al jefe en el centro de toda
actividad, restó poder a toda la gente y desalineó los intereses individuales y
los de la organización.
Para ser un líder, y
uno realmente bueno, debemos inspirar confianza y demostrar un compromiso con
mantener las promesas, ser honesto, íntegro, etc. Es posible mantener un
control estricto sobre los demás, pero eso no traerá resultados positivos, en
ninguno de los casos. Por el contrario, podemos darles responsabilidades, y
permitirles hacer lo que quieran; pero entonces seríamos irresponsables. La
solución adecuada es darles a los demás una “autonomía dirigida”; esto es, trabajar
con ellos, hombro con hombro, clara, cordial y honestamente, para establecer
sus objetivos y, luego, darles la autonomía necesaria para lograrlos. Es ahí
donde entra en juego el ayudar a los demás. Actualmente, ser solamente efectivos
como individuos y organizaciones ya no es una opción; es una necesidad. Para
triunfar, sobrevivir, innovar, sobresalir y liderar, en lo que llama el Dr. Covey
la Era del Nuevo Trabajador Informado, debemos crear y sentar las bases para en
todo momento ir más allá de la efectividad, buscando la grandeza.
Hoy en día para
acceder niveles más altos de motivación y creatividad se necesita un gran
cambio en nuestro pensamiento. El reto esencial de nuestro tiempo es encontrar
nuestra propia voz e inspirar a los demás para que encuentren la suya. Así se
dejará a un lado esas relaciones depredadoras, en las cuales algunos sacan
provecho de otros; éste tipo de relaciones a la larga siempre serán nocivas
para todos. Intentemos encontrar nuestra Felicidad, Motivación, Prosperidad, Éxito
y Paz Espiritual; luego, ayudemos a los demás a encontrar lo propio, cada uno a
su estilo, pero además sin olvidar el objetivo de nuestras existencias: Servir
a los Demás.
No hay comentarios:
Publicar un comentario