Para las dos primeras décadas del Siglo XXI se ha logrado cierto consenso entre los gobiernos de los países desarrollados (Aguado, 2009), a través de foros internacionales y organismos especializados, sobre la comprensión del desarrollo como la situación en la cual cada país o región es capaz de satisfacer las necesidades esenciales de sus habitantes, mejorando continuamente sus condiciones de vida, y dándoles mayores y mejores oportunidades en la estructura económica, social y política. Se entiende el Desarrollo Humano Sostenible como la ampliación de las oportunidades y capacidades de los individuos a través de la formación de capital social para suplir más equitativamente posible las necesidades de las generaciones presentes, sin comprometer las necesidades de las generaciones futuras. (Consejo & Secretaría Internacional del Proyecto de la Tierra, 2012)
Este
paradigma tiene a las personas como el centro del desarrollo, y ellas se deben hacer
cargo de crear las condiciones de situaciones nuevas que les permitan alcanzar
una mejor calidad de vida. Entonces, el desarrollo humano es una relación de
equilibrio entre estos dos aspectos:
a) Las
capacidades humanas, tales como un mejor estado de salud, educación,
conocimientos y destrezas.
b) Las
oportunidades o el uso potencial que la gente puede hacer de sus capacidades
adquiridas, ya sea en el ámbito de la producción, las actividades culturales,
sociales, políticas o para el descanso.
La
estrategia del desarrollo humano sostenible trata de partir desde la capacidad
humana hacia la conformación de un capital social -institucionalidad, confianza
social, capacidad para concertar, normas y valores compartidos y redes sociales-,
en el entendido de una acción colectiva, estableciendo relaciones de apertura y
solidaridad con las otras personas, tratando de eliminar todas las formas de
exclusión, marginamiento e inequidad, en donde las preocupaciones sectoriales
están interrelacionadas y deben ser consideradas en el contexto de estrategias
a largo plazo. (UNESCO, 2004)
El
desarrollo humano sostenible, más que una teoría, es una meta por alcanzar en
sí misma que necesita de una real voluntad política, tanto por parte del estado
para implementar la equidad y la justicia social, como de la sociedad civil
para que lo demande. Requiere, por lo tanto, que se integre lo social y lo
económico en una perspectiva tal que permita lograr la calidad de vida de las
personas en una ponencia inequívoca con el medio ambiente, de manera
sustentable y armoniosa. Los resultados de la empresa se miden por sus logros
reales en el mercado, y estos dependen, esencialmente, de que el cliente,
partiendo de diferenciar a todos los oferentes disponibles, escoja y apueste por
conveniencia propia, por aquel proveedor que le genere la mayor ventaja competitiva.
Construyendo y manteniendo dicha ventaja diferencial en la mente y en el bolsillo
del cliente, la empresa logrará encontrar su verdadera fuente de ventaja
competitiva que, en la práctica, provendrá de ser considerado superior a los
demás competidores relevantes y por ello ser merecedor de la selección de sus
bienes y servicios por los consumidores, de forma preferencial, frecuente y
permanente (Aguado, 2009). La calidad de la estrategia se mide en función del
grado en que la empresa sea capaz de transformarla en su real ventaja
competitiva; así, el desarrollo humano sostenible y la formación de líderes con
vocación de servicios son elementos claves, inseparables e infaltables en toda
entidad que desee dar un paso más allá en la excelencia y la mejora continua.
De ahí la importancia de que se forme adecuadamente más gente en la vocación de
servir a los demás, convencida simplemente de que esto dará ventajas
competitivas para todas las partes interesadas, disfrutando de los beneficios obtenidos,
pero al mismo tiempo asumiendo las responsabilidades con el medio ambiente.
Expone
Crespo (2010) en su Libro Lo Ético de la Ética Empresarial, que la nueva
economía exige una adaptación acelerada y acertada a los cambios; las
organizaciones empresariales deben estar preparadas para poder crecer en la
medida que las necesidades así lo requieran, tanto individual como grupalmente.
Por supuesto que la función esencial de cualquier empresa es crear valor; pero,
tener un comportamiento profesional ético, cumplir la ley y ganar dinero,
creando únicamente valor para el accionista, ya no es suficiente hoy en día. La
base fundamental de toda empresa integrada es hacer bien lo que se hace, pero
siendo adecuadamente responsables con sus grupos de interés y el entorno mismo
en el cual interactúa. (Crespo, 2010)
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